Capitulo 1- Recuerdos.
Nadie supo contestar a mí pregunta, nadie supo darme una respuesta válida de lo que estaba buscando, nadie supo que decir. Con el ceño fruncido, y un amargo sentimiento en el estómago insistí en que quería tener una respuesta convincente, algo a lo que poder aferrarme para no pasarlo mal, intenté buscar una respuesta que me dijera que no estaba todo perdido y que podría salir adelante sin la persona más importante en mí vida. Considerando que lo que yo tenía se podía llamar así, “vida”. No se había definido aún la palabra, aparte de nacer y de estar vivo, refiriéndome al sentido figurado de dicha –una vida buena, o una mala, rica o pobre…-
Contemplé sus ojos azules, los mismos que había heredado yo por última vez. Después de varios meses su corazón había dejado de latir y se había ido para siempre, para no volver a estar a mí lado. Era de lo único que estaba segura, de que no iba a volver. Mis lágrimas demostraban que era demasiado débil ante aquella situación, intentaban consolarme, me daban palabras de consuelo, incluso recibí algún que otro abrazo por parte de mis tías Marie, y Jessica. Extraño, he de decir. Siempre decían que era el bicho raro de la familia, que era la única “rara”. Supongo que en esos momentos todos olvidan los prejuicios y críticas. En esos momentos todos son amigos de todos.
-No te preocupes cariño, no vas a estar sola.
La voz de mí padre resonaba en mis tímpanos dejando eco de la última palabra, notaba como apenas podía ya respirar, con el corazón encogido y los ojos rojos de tantas lágrimas conseguí decir entre susurros: “Me gustaría haberle dicho que la quería, papá.”
Todos pensaban que me había vuelto loca, pensaban que después de lo ocurrido, seis meses después me había vuelto “chalada”. Yo sabía que no era así, tan sólo lo estaba pasando mal y no quería compartirlo con nadie, tal vez yo era más feliz guardando aquello para mí. A nadie le importaba lo que me había ocurrido meses atrás, mucho menos yo lo iba a contar a los cuatro vientos. Decidí esconderme del mundo, decidí apartarme de la realidad evadiéndome en un mundo paralelo donde todo era mucho mejor que el real, en un mundo donde no hubiera nada malo, ni nada que me pudiera hacer daño. Era ridículo preocuparse por los mínimos detalles sin importancia, -que ropa ponerse, o donde ir con los amigos, o que comer- al final acabaríamos en el mismo lugar de todos; bajo tierra. Demasiada negatividad, quizá, probablemente sí.
-¿Quieres algo de comer, cielo? Alise ha preparado sándwiches de los que te gustan -mostró una débil sonrisa, yo mientras estaba tumbada boca arriba en la cama, nunca me había parado a mirar el techo, interesante- sino te das prisa Lucas se los comerá todos.
Lucas, el devorador de comida, y Alise la hermana mayor que todos desean tener, excepto yo, demasiado repelente para mí gusto, aunque después de todo se estaba portando bastante bien con Lucas y conmigo. Contemplé el rostro de mí padre durante varios segundos, le habían salido varias arrugas debajo de los ojos, estaba más delgado, realmente me preocupó su apariencia. Suspiré para después dedicarle una amplia sonrisa, siempre me había dicho; “tú sonrisa es demasiado bonita para esconderla, además, no sabes sí alguien se enamorará de ella”. Iluso.
Caminé con decisión hacía la cocina, donde Alise se encontraba de espaldas preparando la comida en la encimera. Nunca me había fijado pero guardaba un gran parecido con mí madre, supongo que sería de no verla. Es lo que tiene irse de casa con dieciséis años y no volver hasta los veintidós. Tontamente no pude evitar sonreír ante aquella escena, Lucas se había comido todo los sándwiches que había puesto en la bandeja. Negué varias veces, y me acerqué a él, con sus apenas nueve años había experimentado el sentimiento más desagradable para una persona; el dolor de perder a otra.
-¿Están ricos, no? –Solté una risita, siempre me había encantado verle sonreír, era algo que me llenaba de alegría, lo más parecido a la felicidad que había experimentado después de todo- No me has dejado ninguno pequeño glotón.
-Lo siento, Agatha, eso pasa por llegar tarde –mostró una sonrisa, dejando ver su perfecta dentadura, no pude evitar reír aún más, por los alrededores de sus labios quedaban restos de kétchup- deberías haber llegado antes…
Mí padre nos miraba, reía entre dientes mientras que ayudaba a Alise a preparar más. Escuché como le decía algo al oído, “debemos de estar más atentos con ella”. Fruncí el ceño, pensando en que aquel comentario no hubiera sido por mí, no entendía aquel afán de decirme que necesitaba más atención que la que ya tenía. Se les había metido en la cabeza que estaba mal, que necesitaba ayuda de profesionales, ¿en qué me iba ayudar un psicólogo?
En mí cabeza comenzó a aparecer imágenes de la única persona en la faz de la tierra que lograba entenderme. De repente el teléfono sonó haciéndome despertar de mis absurdos pensamientos. Era Evelyn, Ev, para los amigos. La única capaz de hacerme reír hasta llorar haciendo tonterías de las suyas. Su voz sonaba bastante diferente al resto de los días, normalmente era alegre, entusiasmada, pero ese día se notaba bastante apagada. Humedecí los labios y comencé hablar.
-¿Qué pasa Ev?
-El plan de este fin de semana ha sido cancelado, tengo que ir a ver a mis tíos a North Land, lo siento, prometo que el domingo quedamos, y sí quieres podemos ir al lago con las bicicletas y tú hermano, seguro que le gusta el plan… -cogió aire, y luego continuó- De veras que lo siento, Agatha.
-No te preocupes, es cierto, podemos ir al día siguiente, es lo bueno del verano… -reí entre dientes, ladeando levemente la cabeza hacía un lado- Entonces, ¿el domingo, no?
-Exacto, el domingo a la misma hora en tú casa, ¿de acuerdo? Allí nos vemos, ahora tengo que colgar tía.
Podríamos decir que me dejó con la palabra en la boca y con el ruido del teléfono de fondo; “pi, pi, pi”. Lo volví a dejar en su sitio, miré a Lucas, sino calculé mal se había comido alrededor de unos cinco sándwiches. Me volví a sentar a su lado, acaricié su pelo color negro azabache, prácticamente igual que el mío, sus ojos color miel se habían posado en los míos, le dediqué una dulce sonrisa, mientras que con su dulce voz y formándose sus pequeños hoyuelos sobre sus sonrosadas mejillas me decía; “¿a qué tú siempre estarás a mí lado?”
-Te prometo que siempre estaré, enano.
Me encontraba de nuevo en mí cuarto con la mirada fija en el techo, me parecía fascinante todo lo que podía pasar por mí cabeza en poco tiempo, recordé incluso mí primer día de colegio, o cuando nació Lucas, o mí primera caída. Supuse que un sentimiento de nostalgia me invadió. Me coloqué de lado, quería observar la luna, estaba realmente bonita. Casi sin darme cuenta me encontraba al lado de la ventana, con medio cuerpo fuera observando la luna de esa noche. Era una noche ideal de verano, sin calor y una brisa que te hacía poner los vellos de punta. Justo enfrente de mí cuarto, estaba el bosque de las afueras de Plymouth, al mismo que íbamos a ir días después, aunque iríamos “a la parte segura de él”. Ahora tenía la vista fija en aquel bosque, siempre me había despertado cierta curiosidad, según las historias/leyendas que me contaba mí abuela cuando era pequeña, el bosque estaba habitado por criaturas extrañas, no precisamente fantasmas, esas historias se referían a animales que nunca han sido visto por humanos, quizá ninguno ha sido lo suficientemente valiente para ir a comprobarlo.
Al cabo del rato de nuevo estaba en mí cama, dando vueltas para coger el sueño. Difícil en los últimos días, sería el calor. Me había enrollado en las sábanas, que como siempre habían terminado en el suelo, al igual que los cojines y uno de mis calcetines. Miré el reloj marcaba las cuatro de la madrugada, puse los dos pies sobre el suelo, y de nuevo fijé la vista en la ventana, o concretando mejor; en la luna. Aún seguía ahí, alumbrando. “Es enorme”, pensé. Sacudí la cabeza y di pasos firmes hasta llegar al baño de mí cuarto, abrí el grifo mojé mis manos y después la cara, pensé que sería el mejor remedio para el sudor de la noche. Me senté de nuevo sobre la cama, con las piernas cruzadas y apretando para mí misma un cojín. Cogí aire, más fuerte que antes y cerré los ojos con fuerza, al cabo del rato mí plan había funcionado, me había quedado completamente dormida.
“Sus ojos negros me miraban. No sabía el porqué, pero mis piernas comenzaron a temblar en un extraño círculo dibujado en el suelo con ramas secas. El viento de esa noche azotaba las hojas de los árboles haciendo que de fondo se escuchase el ruido, mezclado con el ruido del lago. Cada vez estaba más cerca de mí, no sabía que hacer, no conseguía reaccionar ante aquello. Intenté correr, gritar, era incapaz, me había bloqueado y no podía hacer nada de lo que quería. Podía olerle, podía tocarle sí me hubiera atrevido. Caí al suelo, apoyándome sobre mis endebles manos. Se podía notar el miedo en mis ojos, el animal estaba frente a mí, era mucho más grande que yo. Veía sus colmillos y la ira en sus ojos. Su color del pelaje era de un marrón oscuro con varias manchas en tonos más claros; tenía sangre en una de sus patas. Veía como mí vida iba acabar en poco tiempo.”
En aquel momento desperté, el sudor era aún mucho mayor que antes, mí corazón palpitaba a un ritmo descomunal. No conseguía tranquilizarme. El reloj marcaba las seis y media. La luna había desaparecido, en su lugar se había posado en lo alto del cielo aquel sol madrugador.
-Sólo ha sido una horrible pesadilla, tranquila –me repetía una y otra vez a mí misma-.

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